El bien leer

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marzo 11, 2013 por algarrobo

imagen-e1320190175110En los afanes ilustradores y mesiánicos de nuestras siempre informadas figuras públicas y del ocasional amigo o pariente con aspiraciones doctas, críticas y revolucionarias; pocas consignas han tenido tanto peso como aquella que nos invita a tomar un libro entre nuestras manos para salir de una vez, a través de la sabiduría oculta en sus páginas, de la ignorancia en la que -evidentemente por desidia- vivimos. Parece ser que el libro carga consigo todas las virtudes de la ilustración, que la lectura es un bien ulterior que vuelve culto a quien la practica y que es requisito para cualquiera que se tase de serlo.

Mucho hay de incierto en tal afirmación. Es indiscutible que en los libros están plasmadas las más soberbias ideas y las más nobles letras que la humanidad ha producido; cierto es también que el desarrollo de la humanidad puede ser entendido como un reflejo de la evolución de sus medios escritos y sus contenidos. Sin embargo, es ingenuo suponer que toda la literatura es benéfica, o más, que todos los libros son formativos y enriquecedores.

Ya hablaban los McLuhan de que la cosmovisión y el enfoque sensorial desde el que el sujeto aborda la realidad están determinados por su dependencia a medios y a realidades culturales específicas. En Leyes de los medios: La nueva ciencia (1988) se señala que el aprendizaje y la absorción generalizada del alfabeto fonético son responsables de que las sociedades occidentales hayan favorecido un enfoque visual y secuencial del universo, basado en el hemisferio izquierdo del cerebro, mientras que las sociedades que no desarrollaban un sistema de escritura abstracto tenían un entendimiento sintético, acústico y en crisol. Según este razonamiento, los libros enriquecen nuestra comprensión del mundo al mismo tiempo que nos enajenan; atándonos aún más a dicha manera de comprenderlo, bloqueando el acceso a todos los otros enfoques y sensibilidades.

BookVsTVFormalmente, el libro restringe más de lo que libera a quien acostumbra leerlo. A quien no, puede dilatar increíblemente su saber y su sentir. Este acercamiento orquestado a la forma literaria pretende generar lectores partiendo de la idea de que un primer encuentro positivo con el texto lleva al individuo a consumir más textos, ensanchando sus horizontes culturales. Esta postura es discutible. La literatura, al igual que el cine debe ser pensada como una realidad dual: un medio artístico largo alcance y una industria regida por principios económicos. La producción cinematográfica que alcanza a la mayor parte del público basa su discurso en procesos estéticos simples y en la excesiva ornamentación de la forma. El consumo de los textos fílmicos está segmentado entre el público general que ve al cine como un entretenimiento banal y un limitado sector que procura películas más audaces tanto en forma como en contenido. Los grandes avances en la técnica suelen ocurrir en películas lucrativas de alto presupuesto; la exploración de ideas, la reflexión y el desarrollo del arte cinematográfico están generalmente ligados a cintas personales, dirigidas por autores particulares.

La industria editorial también genera productos sin mayor valor literario con el objetivo de atraer el consumo de grandes mercados. Los distingue el no crear con el lenguaje de su medio, el no innovar en contenidos ni formas y el construirse partiendo de lugares comunes convenencieros y superficialidad vestida de sensibilidad. Estas series, al igual que los filmes plenamente comerciales, carecen de valor en su medio y no generan un verdadero desarrollo de las facultades de su consumidor. También se aprovecha la fama y libertad de impresión de los llamados “clásicos” para difundirlos masivamente en versiones mutiladas y descontextualizadas para consumo sistemático de quienes se dan humillos de sapiencia. El caso del cine es similar en casi todo, sin embargo tiene una cualidad propia: el público cinematográfico no cree construirse al consumir material frívolo. Sería necio defender la máxima que afirma que todo lo que no forma deforma en una cultura barroca como la nuestra. El dinamismo de nuestra cultura y la complejidad de la cultura de masas desacreditan tales ostentaciones. Pero si el objetivo de promover la lectura es llevar la cultura de élites a las masas entonces la difusión de “El libro” como vehículo de ésta carece de sustento y de posibilidades reales de éxito.

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El libro no es más que un medio como muchos otros y, al igual que estos, implica escaseces inherentes y limitaciones para quien lo utiliza. Es posible decir entonces que la solución no está en la difusión del medio ni en la banalización del arte, está en el acercamiento temprano a éstos a través de sus contenidos; en llevar todos los medios al alcance de los niños y facultarlos para que puedan emplearlos para formarse y entretenerse de la manera en que decidan hacerlo. Sobrarán entonces los pedantes pseudo-ilustrados y semi-cultos y un niño lector podrá hablar de una película, un programa televisivo, una historieta y un libro sin que sus significaciones le turben la experiencia.

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